La fábula del espacio natural notable
Bajo el sol de plomo que azota los Maures, el canto de las cigarras no cubre el silencio de una injusticia. En la Côte d'Azur, la tierra prometida a veces...
En esta colina que debía ser su paraíso, cincuenta y cinco propietarios contemplan, impotentes, la ruina de toda una vida de ahorros, sacrificada en el altar de una administración versátil. Caminamos con dificultad entre la maleza, apartando las ramas espinosas de las mimosas silvestres que arañan nuestra ropa. El aire es pesado, saturado de olor a resina y polvo caliente. Ante nosotros, un hombre se detiene, con la respiración corta pero la mirada ardiente de una rabia fría. Clava su bastón en el suelo seco y agrietado. «Es aquí», murmura, con la voz quebrada por la emoción. «Es aquí donde debía terminar mis días». Estamos en la parcela número 74. A nuestro alrededor, no hay más que matorral, desolación y el espectro de un barrio fantasma. El hombre, nacido en 1946, saca de su bolsillo una carpeta de cartón amarilleada por el tiempo. Extrae un acta notarial fechada el 20 de marzo de 1991. Treinta y cinco años. Una vida. En aquella época, este pedazo de tierra en Rayol-Canadelsur-Mer representaba la culminación de una vida de trabajo, la promesa de un patrimonio para transmitir. Hoy en día, este papel oficial no vale más que las hojas secas que cubren el suelo.
EL CEMENTERIO DE LAS AMBICIONES ENTERRADAS
Lo que llama la atención al recorrer este paraje conocido como «La Tessonnière» es la huella indeleble y absurda del hombre. Porque no estamos en un bosque virgen, ni mucho menos. Bajo nuestros pies, enterrados como vestigios de una civilización desaparecida, duermen millones de francos de inversión.
El asfalto de la carretera, aunque agrietado en algunos tramos, sigue allí. Bordeamos bocas de incendio rojas, tótems incongruentes erigidos en mitad del matorral, perfectamente funcionales, esperando un fuego que —esperemos— nunca llegará a lamer los muros de villas que no existen. «Los terrenos que adquirieron han perdido todo valor de cambio. Es un expolio de hecho». «Miren esto», nos dice el abogado que da voz a estos cincuenta y cinco desheredados, señalando una placa en el suelo. «Todo está aquí. El agua, la electricidad, el alcantarillado. Las redes están dimensionadas para 80 villas. ¡Incluso sirven para abastecer al resto del municipio!». La ironía es mordaz. Los cables eléctricos que atraviesan el subsuelo de estos terrenos malditos alimentan al ayuntamiento que hoy se niega a conceder las licencias de construcción. Si se cortara la luz aquí, sería la administración local la que se quedaría a oscuras. Es una paradoja administrativa francesa en todo su esplendor: una zona urbana (ZAC) creada en 1988, urbanizada a un gran coste, vendida a ciudadanos confiados y luego borrada brutalmente del mapa de las posibilidades por una sucesión de decisiones judiciales y giros políticos. Continuamos nuestro ascenso hacia la cresta. El paisaje es una alternancia de zonas peladas, vertidos ilegales de escombros —tristes testigos del abandono— y matorrales impenetrables. Sin embargo, sobre el papel, estamos cruzando un santuario.