Émilie WIECZOREK: «Cuando la ambición técnica se convierte en una aventura humana»
Durante casi siete años en la ampliación de la A57 en Toulon, Émilie Wieczorek, directora de operaciones a cargo de los proyectos...
Dirigió, con pasión y escucha, un proyecto de gran envergadura que combinaba innovación, gestión del patrimonio natural e inserción social. En esta entrevista, nos comparte su experiencia, su visión de la gestión y cómo forjó lazos duraderos sobre el terreno. Responde a las preguntas de La Gazette du Var.
¿Cuál era la naturaleza de su misión? Émilie WIECZOREK. Llegué en el momento del expediente de declaración de utilidad pública.
Después, lo seguí todo: estudios, preparación de contratos y luego la obra. Dirigía los aspectos relacionados con el medio ambiente —pantallas acústicas, balsas de retención, vegetación— pero también un ámbito más inesperado: la inserción social. Mi función consistía en lograr que cada componente del proyecto se integrara de forma sostenible en el territorio, tanto técnica como humanamente.
¿Imaginamos las limitaciones, las tensiones, los imprevistos? ÉW. Sorprendentemente, estos imprevistos fueron un motor.
A veces nos encontramos en periodos intensos en los que hay que recalibrarlo todo, reorganizarlo todo. Pero me encantan esos momentos en los que hay que pensar rápido, en equipo, para encontrar soluciones. Hay una dinámica estimulante en la resolución colectiva de problemas.
Siempre he preferido los caminos un poco sinuosos a una línea recta sin sorpresas.
¿Hubo algún momento concreto que la marcara? ÉW. El trasplante de palmeras y olivos...
Casi le robaron el protagonismo al hormigón. Desde las primeras reuniones, comprendimos que estos árboles formaban parte del paisaje afectivo de los habitantes de Toulon. No podíamos simplemente cortarlos, así que decidimos preservarlos.
Era una forma de respetar la identidad del territorio, de decirles a los habitantes de Toulon: transformamos, sí, pero no borramos.
Desplantamos casi 200 árboles, algunos de ellos enormes, de más de 13 metros de altura. Fueron acogidos y mantenidos durante varios años en un vivero, antes de volver a embellecer los enlaces una vez avanzadas las obras. Esto era algo inédito para nosotros, pero nos mantuvimos firmes porque tenía sentido.
Este tipo de gestos cuentan algo más que mediciones, plazos e huellas de carbono. Cuentan una atención, un deseo de hacer las cosas bien para el lugar, para quienes viven allí. Y además, era algo muy concreto que contar a mis hijos: «Mira, esos de ahí, los trasladó mamá».
Precisamente, ¿cómo vivió esto a nivel personal? ÉW. Esta obra marcó un periodo fundacional.
Tuve a mi segundo hijo aquí, también reconstruí un círculo de amigos, habiendo llegado yo de Montpellier. En casa, este proyecto formaba parte de nuestro día a día. Mi hijo se maravillaba con las máquinas, las palmeras replantadas, las rotondas ajardinadas.
Mi pareja fue un apoyo constante. Estos años nos unieron, dentro del respeto mutuo a nuestros compromisos.
Y en el plano profesional, ¿qué descubrió sobre sí misma? ÉW. He progresado muchísimo en la gestión humana.
He aprendido a adaptar mi lenguaje según el interlocutor: un vecino, un cargo electo, un obrero, un ingeniero... Hay que saber escuchar, divulgar, calmar los ánimos. Creo que mi formación medioambiental me dio una sensibilidad especial hacia el impacto de nuestras acciones.
Pero esta aventura también me forjó en mi actitud: rigor, adaptabilidad y, siempre, el empeño por el trabajo colectivo.
Hemos construido mucho más que una obra. Hemos construido un equipo. ¿Un equipo que, poco a poco, se dispersa?
ÉW. Sí. La dirección de operaciones llega a su fin.
Algunos ya se han ido a otros proyectos. Pero conservamos este vínculo único. No eran solo compañeros de trabajo: pasamos por algo juntos.
Gestionamos situaciones intensas, momentos de duda, éxitos compartidos. De todo eso quedará un inmenso orgullo... y muchas amistades.
¿Unas palabras para terminar? ÉW. Esta obra es una hermosa página. No solo porque se logró técnicamente, sino porque fue un éxito humano. Si tuviera que quedarme con una cosa: se puede conciliar la excelencia con la atención al otro. Y cuando es así, los resultados no solo son visibles en el paisaje. También lo son en las miradas.